Estado, mercado y familias/mujeres

Mujeres trabajadores

Paulo Hidalgo

La triada Estado, mercado y familias/mujeres se ha constituido en el punto de partida del examen de cómo las democracias contemporáneas se hacen cargo de los bienes más preciados referidos a la salud, a la protección social, a la educación, a la seguridad pública, al sistema de pensiones, por solo nombrar los más destacados. La pregunta política cardinal que las democracias deben resolver -incluida la chilena- es qué agencia (si el Estado, mercado, familias/mujeres) debe ocuparse de todo el arco de necesidades sociales de una comunidad, por así decir de la cuna al sepulcro.

Entre otros, el destacado sociólogo danés Gosta Esping Andersen en su clásico texto “Los tres mundos del capitalismo de bienestar”, nos revela un amplia investigación de estos asuntos, por lo demás texto obligado de los estudiantes de las ciencias sociales en Europa. Allí Esping Andersen configura, si acaso, la más brillante exposición y clasificación de los diversos modelos de un Estado de Bienestar. Esta discusión, sin duda, se revela como uno de los campos fundamentales de los debates políticos en el Chile actual.

Las sociedades europeas, primero capitaneadas por la inglesa y las escandinavas, resolvieron que debía existir una triada en la cual el Estado debía ser responsable de los bienes sociales fundamentales; el mercado debía tener, desde luego, un rol muy relevante -con amplias regulaciones; y de acuerdo a las tradiciones culturales heredadas, las familias, debían cumplir su papel de contención y cuidado. Pero se debía reconocer la época de transición de los núcleos familiares en donde principalmente la mujer entraba a la educación superior y al trabajo de manera masiva y era crucial redistribuir la carga de las tareas domésticas y cuidado entre el hombre las mujeres y el Estado.

Esta fue la base del largo y extendido ‘consenso socialdemócrata’ que tuvo su periodo dorado entre la décadas de los 40 y 70. Vale la pena señalar, en este punto, que no ha sido la quiebra de este modelo la responsable directa de la compleja crisis de Europa, que se debe en gran medida a la especulación financiera y a las complejidades de una inadecuada  administración de la moneda única -el Euro- de la Unión Europea. No es banal que los países escandinavos se mantengan incólumes y describan cifras de crecimiento interesantes, sin haber tocado sus respectivos arreglos socialdemócratas.

Pues bien, el nuevo ciclo político en Chile que protagoniza una élite de centro e izquierda precisamente ha adoptado una postura clara y nítida en esta triada. Será preciso ‘desmercantilizar’, al decir de Esping Andersen, bienes tan cruciales cómo la educación, que debe fortalecer radicalmente su rol público, plural, igualitario y democrático. Es cierto que existen ambigüedades e incertezas en cómo será en definitiva el modelo final; no podía ser de otra manera. Por otra parte, todos los actores se encuentran muy activos en hacer presente sus intereses específicos, algunos de ellos apresurándose a dar por abortada la reforma, antes de su debate profundo en la sociedad y en el parlamento. Cualquiera sea la mixtura que se configure entre lo público y lo privado, al final del día habrá que lograr la mejor combinación entre el derecho a  la educación para todas y todos y la obligación de entregar calidad y excelencia, con estándares objetivos y universales.

La otra cara de la mencionada triada que es la clave para el renovado rol del Estado, toca a la reforma tributaria, hoy debatida en el parlamento y la sociedad. Todos los expertos y economistas han escrito profusamente sobre el tema. Con todo, lo que está en juego describe unos de los pilares de las sociedades democráticas modernas. Para contar con una sociedad más igualitaria, equilibrada y sostenible en el tiempo, es preciso sencillamente que los que más tienen cooperen con impuestos acordes a las ganancias que obtienen.Ni la filantropía ni la responsabilidad social empresarial, ni mucho menos la caridad, actúan como sucedáneos ante una razonable y buena política redistributiva tal como la ha diseñado el actual gobierno. Esta es una máxima del canon del necesario reequilibrio entre Estado y mercado.

Finalmente, aunque no menos relevante, las familias y, en particular, las mujeres, tienen mucho que decir con respecto a su roles actuales e históricos. Chile, como les ha ocurrido a otros países, vive un largo proceso de transición de la familia extendida de roles segregados entre hombres y mujeres, hacia una sociedad dinámica en la cual la mujer entra vigorosamente a la educación superior y al mercado laboral. Se requiere, entonces, un reequilibrio de tal forma que el Estado vaya de manera gradual cumpliendo un papel en encargarse de la tareas que históricamente en forma exclusiva han efectuado las mujeres: el cuidado de los hijos, de las personas mayores, la contención afectiva y emocional, el manejo del tiempo libre, etc. No cabe duda que no es posible de buenas a primeras imponer una agenda maximalista a todas las mujeres como réplica de la vida de aquellas de clase media ilustrada y más liberales. Es importante atender las tradiciones heredadas y los legados culturales tal como ha sucedido en el sur de Europa. Pero la ruta, aunque gradual, indica que es la agencia estatal la debe tomar el relevo en una compleja ecuación.

Esta es, en definitiva, la opción que han tomado los chilenos democráticamente en el nuevo ciclo político. Una novedosa e importante redistribución de cargas entre el Estado, el mercado y las familias/mujeres. ¿Quién dijo que era fácil?

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