Nuevo Ciclo

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Paulo Hidalgo

La noción de ‘ciclo político’ no es un mero recurso retórico, más allá de los diversos ‘usos’ que se le otorgan. Nos parece que cristaliza un ‘ciclo político’ cuando se establece una estrecha conexión entre la elite política y la ciudadanía y se construyen un conjunto de metas compartidas que le permite a una elite en competencia ganar las elecciones y alzarse en gobierno, si tiene éxito, por varios periodos. Sin duda que ello ocurrió con la Concertación que estuvo 20 años en el gobierno, cumpliendo así como nunca en la historia republicana un exitoso ‘ciclo político’. Una elite que es capaz de ordenarse sobre certidumbres básicas, que tiene un componente técnico y profesional importante, logra gestionar razonablemente el gobierno e interpreta a la ciudadanía y logra fundar una épica o un relato incluyente sobre lo que somos y hacia donde vamos.

Sin embargo, ya es moneda corriente constatar las razones profundas de diverso orden que llevaron al fin del ciclo político que encabezó la hoy histórica Concertación. Uno de los primeros síntomas se produjo al interior de la propia elite política. En efecto, durante la crisis asiática-1998-99- que golpeó severamente al país, en las postrimerías del gobierno de Frei, se instala el debate entre los llamados ‘autocomplacientes’ y ‘autoflagelantes’. Estos últimos, gruesamente, sostenían que la senda del desarrollo de Chile no se limitaba puramente al desarrollo económico y que era preciso abordar una seria reforma al entramado constitucional. Al mismo tiempo daban cuenta de un malestar social debido a que el desarrollo no llegaba de manera armónica a todos los sectores sociales y se observaba una falta de participación de la ciudadanía en los asuntos públicos De otro lado los ‘autocomplacientes’—término periodístico en verdad poco feliz- señalaba que Chile mostraba indicadores de desarrollo muy notables y que la modernidad chilena tenía puntos pendientes pero dentro de un modelo de desarrollo en curso que traía aparejada las típicas asincronias de una sociedad de creciente secularización y despegue económico, junto al surgimiento de nuevos sectores sociales-clases medias- y al avance sostenido en derrotar la pobreza.

Este debate, recluido en la élite, durante el gobierno del Presidente Lagos quedó encapsulado y no volvió a retomarse. Pero fue ,en definitiva, la sociedad misma que de algún modo decretó el término del ciclo político de la antigua Concertación. En efecto, el cúmulo de movilizaciones sociales y los reclamos de muy variados grupos de presión y ciudadanos sobre los privilegios que aun se anidan en la sociedad chilena constituyen el verdadero parteaguas del termino de una etapa histórica. Si se quiere la propia modernidad y sus procesos han dado cuenta de la necesidad de saltar a una nueva etapa o ciclo, ahora más inclusivo que se resume de pasar de una sociedad de privilegios a  una de derechos. No es del todo claro pero tal parece que no ganaron la partida ni autoflagelantes ni autocomplacientes. Ello puesto que ha sido el éxito del modelo y no su fracaso, con todos sus matices, lo que refleja la amplia demanda por integración que hoy muestra la sociedad chilena. Si se observan las duras cifras, el consumo se ha ampliado, han crecido nuevos sectores sociales, se ha reducido objetivamente la pobreza, existe una muy amplia gama de jóvenes que hoy accede a los estudios superiores, etc. Pero claramente ello no ahora no basta y es preciso dar un segundo salto que implica una fuerte redistribución social y una más vigorosa presencia del Estado para acortar las brechas sociales. Pero vale la pena  enfatizar que esta renovada dirección de la sociedad chilena no supone refundarla desde los cimientos. Se trata claramente de un esfuerzo político y social descomunal, complejo y  desafiante pero que se asienta en reformas graduales que tomaran un tiempo respetable en cristalizar. Este es en síntesis la racionalidad fundamental del ‘nuevo ciclo’.

Este es ni más ni menos la encrucijada que enfrenta Chile y la región, con amplios matices, en el tiempo venidero.¿ Será posible que el país inaugure un nuevo ciclo? ¿O viviremos espasmos de gobiernos que sean meros paréntesis entre unas elites sin un rumbo claro y una ciudadanía desconectada carente de una representación genuina?. No lo sabemos. Pero discutir y analizar este dilema nos parece que es el cometido del momento para moros y cristianos. Nuestra apuesta teñida de subjetividad es que se ha abierto la posibilidad histórica para realizar cambios y nos encontramos ad portas de iniciar un largo proceso de reformas. Pero cabe también destacar algunas ‘voces’ que en el último tiempo han apelado a la noción de ‘ciclo político’.

Para unos el ‘nuevo ciclo’ es reconstruir la sociedad a partir  de los movimientos sociales y amplia gama de expresiones ciudadanas, cuyo peak se verificó en 2010-11. Existe como se sabe una ‘sociología de los movimientos sociales’ desde los trabajos, entre otros, de Tilman Evers en torno a la ‘cara oculta’ de ellos como la madera a partir de la cual puede germinar una ‘nueva sociedad’.

En otro registro, el nuevo ciclo se alimenta del fracaso del ´modelo’ chileno en su combinación entre Estado y mercado y el imperativo de fundar uno radicalmente nuevo. Una variante también sostiene la seria inadecuación del sistema político-institucional que carece ya de la legitimidad necesaria y que por tanto se requiere de un nuevo pacto constitucional  y la gestación  de una Asamblea Constituyente.

Como se percibe, nos encontramos en un periodo político interesante de inevitable ‘inflación ideológica’ que ha sido tan característica de la sociedad chilena. Como suele suceder a lo menos en el mundo de la centro-izquierda se genera una cierta espiral de expectativas máxime cuando el ensayo de gobierno de la derecha ha demostrado ser un deslucido paréntesis.

El ejercicio político parece ser de planos distintos. Los gobiernos de cuatro años invocan programas y reformas realistas y acotadas. Las elites están impelidas, si quieren tener éxito, a vincularse a reformas graduales que atiendan nudos centrales de la sociedad. A la par debe existir un programa de largo aliento que muestre el rumbo y el sentido de una ‘buena sociedad’ en los distintos campos. La política institucional deberá reformar radicalmente sus prácticas, los vínculos con las organizaciones serán más complejos, la transición de la antigua elite debe dar paso a una distinta. Este es el camino que empieza a recorrer Chile.

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