La Integración Latinoamericana: A la búsqueda del relato perdido

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Julio Sau Aguayo

El inicio de un nuevo ciclo histórico en la vida política de Chile aparece con nitidez mediante un programa de gobierno centrado en el combate rápido y frontal de la desigualdad -principal riesgo global identificado con claridad por la Presidenta Michelle Bachelet como el “gran adversario” de Chile-, y configura el escenario pro integración que buscando su relato perdido estará presente en América Latina durante los intensos próximos cuatro años del gobierno.

Recuperando el espíritu integracionista que Chile perdió durante los cuatro años del gobierno del ex Presidente Sebastián Piñera, el nuevo Ministro de Relaciones Exteriores, Heraldo Muñoz, ha perfilado en pocos días y con nitidez aspectos cardinales de la nueva política exterior que comienza a exhibir a la integración latinoamericana como su principal meta. Se trata de un impulso promisorio cuando nuestro histórico rol de exportadores de materias primas -primero a Europa, luego a Estados Unidos y China- parece iniciar su fin, y mientras el desafío pendiente sigue siendo proyectar el futuro de América Latina con un debate a fondo que permita diseñar un camino conjunto para la eliminación de la pobreza y la reducción de la desigualdad.

Las tareas son arduas: eliminar el fundamentalismo  mercantilista como eje de nuestra política exterior; mejorar las deterioradas relaciones con nuestros países vecinos; recuperar el clima de cordialidad personal entre los jefes de Estado; volver a perfilar nuestra pertenencia en instancias de integración como la Alianza del Pacífico y el Acuerdo Transpacífico para evitar que sean percibidas en la región como proyectos económicos políticamente excluyentes  y en general, romper con el aislamiento internacional que el país se autogeneró en los últimos cuatro años. Frente a ellas, con singular claridad y prontitud, el Canciller le ha dado “sentido de urgencia” a la conducción de las relaciones internacionales, comenzando a reorientar la política exterior hacia la integración latinoamericana y con especial énfasis en América del Sur.

Como lúcidamente lo planteó en enero pasado el ex presidente de Brasil Lula da Silva al relevar la importancia del segundo mandato de Bachelet, una necesidad política de primer orden para la región es redefinir el concepto de integración latinoamericana. “Necesitamos un pensamiento que sea verdaderamente estratégico, que afronte los retos de la integración”, y el respaldo de la sociedad civil es fundamental para este proceso, por lo que “debemos hacer comprender a todo el mundo cuánto podemos ganar en bienestar económico, soberanía política, igualdad social y progreso cultural y científico si unimos nuestros destinos”.

La desigualdad ha acompañado también el crecimiento de países centrales para la economía mundial como Estados Unidos y China durante este siglo XXI y a pesar de los avances de los últimos años, América Latina sigue siendo  la región más desigual del mundo, mientras que Sudamérica es la zona con mayor disparidad de ingresos. Los  aportes de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) han sido decisivos para reconocer a la desigualdad como problema central en el debate latinoamericano. Finalmente, en enero de 2014 por primera vez el Foro Económico Mundial realizado en Davos, reconoció a la desigualdad como el primero de 31 riesgos globales y como una amenaza  a la estabilidad democrática en el Informe “Global Risk 2014”.

El gran desafío que la desigual América Latina debe enfrentar exitosamente en el siglo XXI es adquirir la relevancia que merece como región en la sociedad global. Bajo ese marco, el debate en Chile sobre temas internacionales en general, y respecto de la integración latinoamericana y sudamericana en particular, debiera pasar a ocupar un espacio de mayor relevancia. En efecto, a diferencia del debate político actual concentrado en la coyuntura nacional, el nuevo ciclo exige que la discusión sobre la política exterior de Chile deje de carecer de espacio al interior de los partidos políticos, de tener un tratamiento marginal en el Congreso y en los medios de comunicación  y de estar ausente de las organizaciones de la sociedad civil.

Y si es complejo introducir un tema internacional en el debate político que trascienda lo meramente coyuntural, más difícil resulta cuando se trata de la integración latinoamericana y sudamericana. Por un lado el tema arrastra cierto desprestigio por estar poblado de retórica e iniciativas de escasa relevancia real a lo largo de las últimas seis décadas, y las notables excepciones subregionales y regionales recientes aún deben pasar la prueba del tiempo. Por otra parte, los prejuicios ideológicos que campean en los escasos espacios de debate impiden que la integración latinoamericana adquiera la estatura que realmente tiene.

Ignorando que la integración europea fue una respuesta política impulsada por el gobierno de los Estados Unidos para rehacer la economía europea tras la Segunda Guerra Mundial e impedir el ascenso democrático de los partidos comunistas, los detractores de la integración latinoamericana insisten en poner el acento exclusivamente en los aspectos económicos y en relegar el factor político que durante la Guerra Fría fue clave en la creación de la integración europea.

Por ello, diseñar una estrategia latinoamericana de integración implica abandonar la “jaula de hierro” que conlleva el viejo concepto europeísta de integración, expresión que Max Weber acuñó para significar las ideas y conceptos creados en una etapa histórica y que siguen siendo utilizados en épocas posteriores completamente distintas, sin el trabajo de contextualización y adaptación sincrónica que precisan.

En este nuevo ciclo político avanzar para terminar con la debilidad geopolítica, la vulnerabilidad económica y la desigualdad en la región,  concitando el respaldo político y público necesario  para alcanzar la integración latinoamericana, son sin duda  dos objetivos que dependen en gran medida de la búsqueda del relato integracionista que se ha perdido, con los ajustes y modificaciones propios del siglo XXI.

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