Segundo acto

Bachelet

Diego Vrsalovic

Es el lunes 16 de enero del 2005, y el periódico La Tercera tuvo en su portada una foto de una recién electa Michelle Bachelet, sonriente, mirando al cielo con esperanza. Aquel fue un día histórico, pues la Concertación se afianzaba como la coalición política más exitosa de la historia de Chile al instalar un cuarto Gobierno consecutivo, con la epopeya de la primera mujer Presidenta de nuestra vida republicana como realidad. Según la editorial de aquella edición, ella interpretaba a un electorado que buscaba “un liderazgo cercano, confiable y dispuesto a resolver los problemas de la gente”. Aseveraba algunas líneas después que

“la brevedad del mandato presidencial y el hecho (…) de que la coalición oficialista cuente con mayoría parlamentaria marcarán asimismo la gestión de Bachelet. Lo primero fijará los ritmos del Gobierno y lo segundo -con un giro a la izquierda en la composición del Congreso- probará la forma de liderazgo que asuma la Presidenta y la manera en que se relacionará con una oposición disminuida”.

Ese primer acto fue el último de una larga lista de aciertos y errores en los que, como país, nos quitamos paulatinamente los miedos. Primero, había que apartar paulatinamente del poder al monarca Pinochet y, lo que recién en 1998 se pudo concretar. Sólo en 2005 se pudo cambiar la rúbrica de la Constitución de 1980, asemejando un proceso gradual que marcó la generación de la “medida de lo posible”, permitiendo que las Fuerzas Armadas y de Orden fueran realmente obedientes y no deliberantes. El conformismo político social en que cayó el país se rompió en 2006 cuando toda una generación despertó del inmovilismo colectivo generado en gran parte por esta misma coalición.

Ese primer acto tuvo un intermedio largo, de cuatro años. Si bien el Gobierno de Sebastián Piñera fue razonable en la medida que cumplió con el programa planteado al país en su candidatura y permitió el crecimiento macroeconómico del país, no fue capaz de lidiar con los conflictos sociales generados por el centralismo, la desigualdad incubada desde la dictadura y hacer frente, junto a su coalición, a las necesidades del Chile que está por comenzar.

Es que, en este sentido, hay un Chile pegado en el siglo XX: El de las malas prácticas, el de la política vertical, el de la economía que no se distribuye, el de los medios tradicionales, el del conformismo. Pero hay un país de cambios, de transformaciones, que está por escribirse. Aquí cabe un gran cuestionamiento: ¿Cuántas luchas se habrían acelerado o cuántos procesos habrían sido distintos con el avance actual de las comunicaciones?

Hagamos algunas sincronías. A juicio de este columnista, el país en el que estás leyendo esta columna se asemeja mucho al de 1920. Un ciclo estaba por terminar, pues la época parlamentaria vivía de las postrimerías del auge calichero dentro de un mundo en cambios acelerados. Dos coaliciones, la Alianza y la Unión tenían enquistado el Parlamento con una Constitución de 1833 reformada en múltiples ocasiones que ya no respondía a las necesidades de la nación. Miles de personas pertenecientes a diversos sectores sociales movilizados por cambios urgentes, explotados por sus patrones que concentraban la propiedad privada y se adueñaban de la pública de manera descarnada. Arturo Alessandri, si bien de derecha, aparecía como un factor de quiebre. No es muy distinto del Chile de hoy, este país nuestro que requiere transformaciones profundas. No hay que olvidar que, para conseguirlas, nacieron de un ciclo que empezó con los que estaban en el liceo en 2006, en la universidad en 2013 y que comenzarán a conquistar espacios de poder sin parar.

La segunda parte de la obra que dirigirá Michelle Bachelet es absolutamente distinta a la primera. Las nuevas líneas estarán marcadas por el leve giro a la izquierda del Congreso Nacional y la eventual disposición parlamentaria de todos los sectores a legislar para obtener las reformasnecesarias. Según informa el artículo “Censo parlamentario: se abre la sesión” (Qué Pasa, 21 de noviembre de 2013), estarían los votos necesarios en la Cámara y el Senado para modificar el binominal, limitar la reelección de parlamentarios, elegir directamente a los Intendentes y que voten los chilenos en el extranjero; concretar el Acuerdo de Vida en Pareja y el aborto en diversos escenarios; eliminar el FUT, crear una AFP estatal y nacionalizar el agua. Sin embargo, deberemos esperar más para la aprobación del matrimonio igualitario, la despenalización de la marihuana y la redacción de una Constitución por la vía institucional. Al parecer, la nueva administración tendrá que usar el recurso de la convocatoria a Asamblea vía decreto. Me aventuro hacia el año 2015.

Así se configura el escenario que vendrá este 2014. No existirá esterilidad legislativa como entre 1920 y 1924, y en gran parte de los casos, no se necesitará reeditar la “democracia de los acuerdos”. Todo dependerá de la habilidad de la Mandataria para equilibrar el poder dentro de la alianza que la llevó a un segundo mandato, de los ritmos y de la forma de liderazgo que ejerza.
Este segundo acto ya está en marcha.

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