Estados Unidos y América Latina en el Siglo XXI

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Julio Sau Aguayo

La accidentada historia de las relaciones entre Estados Unidos y América Latina,  plagada de intervenciones e invasiones de todo tipo del primero en nuestra geografía y en nuestra vida política y económica, está experimentando, desde la primera década del siglo XXI, un cambio que debiera ser positivo. El involucramiento de Estados Unidos en las guerras de Irak y Afganistán, los ataques terroristas a la Torres Gemelas  el 11-S y la llamada “ guerra al terrorismo” iniciada por George Bush Jr. y proseguida por el Presidente Obama, aun cuando éste último la desechó a nivel retórico hace algún tiempo, han monopolizado el interés del Departamento de Estado y lo han concentrado en Medio Oriente, aunque los servicios de inteligencia norteamericanos y el Pentágono no descuidan lo que un día fue su patio trasero, como ha quedado palmariamente demostrado recientemente.

La emergencia de América Latina y los desafíos que ésta enfrenta, muy bien sintetizados por Otto Granados en el artículo “ Algo se mueve en  América Latina”, publicado en el diario El País y en estas páginas, constituyen poderosos acicates al análisis de la situación que viven paralelamente los Estados Unidos en estas primeras décadas del siglo XXI. Se trata de una tarea de gran magnitud y proyección para la cual estamos mal preparados en la región, en la que la investigación especializada sobre este tema cardinal es escasa- radicada principalmente en México y Brasil- y la que existe es muy poco difundida. Ello da como resultado  que en lugar de papers y libros sobre la potencia que más influye en la vida de todos nuestros países, tengamos o una sobreideologización crítica anclada en el pasado o una adscripción acrítica a los intereses de los Estados Unidos. Ni una ni otra posición ayudan al conocimiento objetivo del ciclo histórico por el cual transita la gran potencia del Norte.

En este artículo, obviamente, sólo es posible señalar en forma somera algunos de los temas que exigen una política latinoamericana de investigación sobre este macrotema, tomando en consideración que pertenecemos a un continente común y que tenemos una larga y densa historia de relaciones con Estados Unidos. Y esta investigación debería fundamentar una nueva política latinoamericana hacia los Estados Unidos.

Ante el llamado “ declive” del poderío de Estados Unidos, tema analizado en muchas obras de autores norteamericanos en relación al rápido ascenso de China como gran potencia mundial, los latinoamericanos estamos obligados a adoptar un punto de vista propio. Ello porque si bien es cierto que en algunas áreas es posible que Estados Unidos en algunos años más ceda el primer lugar que hasta ahora ha detentado , no es menos cierto que conservan la supremacía global en áreas tan vitales como la innovación tecnológica , el poder militar y el control del sistema monetario y financiero internacional. Y no se ve razonablemente un horizonte a corto ni mediano plazo en el que puedan ser desplazados de esos clivajes de poder. Basta señalar algunos ejemplos recientes para adquirir una perspectiva adecuada y comprobar esta afirmación.

El primer ejemplo de lo señalado se refiere a la economía y nos hace repensar la afirmación de que Estados Unidos dejará pronto de ser la primera potencia global en este campo. Hasta el observador menos  atento a las sinuosidades de la gran crisis económica iniciada en los Estados Unidos y propagada con  intensidad y velocidad variadas al resto de la economía mundial deberá concluir que, en la actualidad, es precisamente  Estados Unidos el país que muestra signos de iniciar un ciclo de salida de dicha crisis, la que está golpeando duramente a Europa y que empieza a afectar las tasas de crecimiento de China y, consiguientemente, de gran parte de América Latina. Y no es necesaria mucha perspicacia ni sabiduría especializada para concluir que la explicación de este singular fenómeno no es otra que “ el desorbitado privilegio” del que goza el gobierno norteamericano al poder emitir libremente- sin participación ni consulta a los demás países- los miles de millones o billones de dólares que su Reserva Federal estime necesarios para reactivar su economía.

Esta situación , que resulta incomprensible si consideramos que hace ya casi cincuenta años que el dólar es la moneda de reserva principal de los Bancos Centrales de todo el planeta- al punto que es posible hablar todavía en este siglo XXI del “ patrón dólar”-y que el principal medio de pago de las transacciones comerciales y de los flujos financieros sigue siendo el dólar, es una buena demostración del subsistente poder de los Estados Unidos. Ni el sistema monetario ni el financiero- impuestos cuando los Estados Unidos eran la superpotencia mundial- han sido modificados en esencia en estos últimos cincuenta años. Basta revisar la lista de temas y los acuerdos del G-20 en el último tiempo para darse cuenta de que la total independencia y autonomía de la Reserva Federal respecto a los demás gobiernos no se pone ni siquiera en tabla. En realidad, la única limitante real a lo que Válery Giscard d´Estaign llamara en su tiempo “ el desorbitado privilegio” de la FED es la proyección que las autoridades norteamericanas pudieran hacer sobre los efectos perversos indirectos que tendría una nueva emisión de dólares en su propia economía, considerando su estrecha vinculación con las principales economías del mundo y la eventual repercusión en ellas de dicha emisión.  Y ello es muy poco y muy aleatorio como para dejar de creer que esta herramienta es la que impide que los Estados Unidos sean desalojados a mediano plazo  de su rol de principal potencia económica global, sin reducir dicha dimensión a lo exclusivamente comercial o al tamaño de los PIB.

Otro ejemplo claro de la hegemonía de los Estados Unidos a nivel global es el alto nivel de soft power que tiene y ejerce en buena parte del mundo. Mucho antes de que el profesor Joseph Nye acuñara en 1990 el concepto aludido, los Estados Unidos eran con mucho la potencia culturalmente dominante, si cabe utilizar este término. Con una estrategia impulsada desde el gobierno y con  el posterior y espectacular desarrollo de su industria cultural, la gran potencia norteamericana convirtió su sistema de valores y  de educación superior, su música popular, su cine, buena parte de los hábitos cotidianos de sus habitantes y sus patrones de consumo en ampliamente dominantes en gran parte del mundo y, desde luego, en América Latina. Y aunque en muchas ocasiones del pasado el gobierno norteamericano utilizó el hard power para apoyar sus intereses en la región, hoy puede decirse que el soft power y el smart power son sus herramientas ideológicas, lo que no excluye desde luego la utilización de  sus tecnológicamente refinados sistemas de control.

Y es en el campo de la tecnología y la innovación donde podemos encontrar precisamente el ejemplo más contundente y actual de la nueva dimensión del poder de los Estados Unidos. Como creador de la sociedad de la información y del conocimiento , los avances norteamericanos en investigación científica, en el desarrollo de la cibernética y de la industria aeroespacial son de enorme magnitud. Los grandes presupuestos destinados a la investigación con fines militares para su poderosa industria de dicha área han tenido derivaciones tan importantes en el campo civil como la que dio origen   a Internet y las redes ciberespaciales. Esta sociedad de la información y el desarrollo de la informática, de tan virtuosos efectos en casi todos los campos de la vida, puede tener también efectos nocivos en la vida democrática de los países, según ha quedado recientemente demostrado con las revelaciones del ex subcontratista de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) Edward Snowden. Ellas han permitido al mundo saber que el gobierno de los Estados Unidos se arroga el derecho a realizar un espionaje de última generación a todos los organismos estatales nacionales, organizaciones internacionales, empresas privadas e individuos de cualquier punto del mundo, incluidos los países aliados de su gobierno, teniendo como justificación aparente para ello una lucha contra un terrorismo que no reconoce límites, soberanías nacionales ni fronteras de ninguna clase.

El inmenso poder de los Estados Unidos como creador de las redes cibernéticas, a la cuales regula y utiliza sin contrapeso alguno, ha quedado de esta manera al desnudo. La reacción de la sociedad internacional ante ello está por verse, aunque la debilidad de Europa y América Latina en este campo de las relaciones internacionales es extrema. Y es en el campo cibernético donde la lucha de fuerzas con China se está expresando. Basta recordar que los ataques que hackers presuntamente radicados en China estarían realizando en contra de organizaciones y empresas norteamericanas era lo único de lo que se oía hablar hasta que las recientes revelaciones de Snowden dieran un giro copernicano a un debate en pleno desarrollo. Digamos, de paso, que se trata de un “ efecto colateral” de la terciarización de la fuerza de trabajo impulsada por economistas norteamericanos en todo el mundo.

Y, last but not least, digamos algunas palabras sobre el enorme poder militar de los Estados Unidos, cuyo presupuesta de defensa equivale al  50% de los gastos militares del mundo en su conjunto. Y aunque la  muy relativa responsabilidad fiscal del Tesoro norteamericano ha empezado a presionar por reducciones de su enorme déficit , y con ello se han iniciado tímidos recortes del presupuesto de defensa, la innovación  tecnológica  una vez más acude al rescate de las “necesidades” bélicas de los Estados Unidos.  El desarrollo de aviones no tripulados y no detectables por los sistemas de radar existentes para fines de vigilancia o de ataques con diversos tipos de armamentos sofisticados- los drones- es la nueva estrategia bélica de los Estados Unidos. Han demostrado su “ eficacia” en Pakistán y Afganistán, permitiendo a las fuerzas norteamericanas eliminar físicamente a presuntos terroristas, aunque en cada ataque realizado mueran entre 10 a 40 veces más civiles que presuntos guerrilleros o terroristas. Este “ daño colateral”, dicen los especialistas del área, es bajo si se comparan estas bajas civiles con las que provocaría un ataque aéreo convencional o, peor  aún, una invasión terrestre.  E incluso las que provocarían acciones militares de los ejércitos de los países invadidos aliados a los Estados Unidos. Independientemente de las objeciones sobre derechos humanos, violación de leyes de la guerra, arbitrariedad presidencial en la selección de la lista de los candidatos a eliminación física y secreto absoluto del manejo de las mismas,  surgidas en todo el mundo y en los propios Estados Unidos, podemos decir que nos encontramos en el inicio de una nueva modalidad de la guerra, la que probablemente se extienda también a otros países, a menos que los Estados Unidos logren impedir la difusión de estas nuevas tecnologías bélicas. Por el momento, sin embargo, lo señalado implica  otra ventaja que aumenta el  ya enorme poder de los Estados Unidos en esta área militar.

Los anteriores son apenas algunos de los aspectos del real poder actual y remozado de los Estados Unidos. Desde América Latina sólo nos queda estudiar bien sus dimensiones e intentar establecer con la potencia del norte un marco de relaciones civilizado en el cual sea respetado nuestro derecho a integrarnos para hacer valer nuestras reivindicaciones como región en las áreas de comercio global, de modificación del sistema monetario internacional, de regulación del sistema financiero, de nueva normatividad internacional del ciberespacio y de nuevas normas internacionales que regulen los modernos sistemas bélicos desarrollados en los Estados Unidos.

*Julio Sau / Abogado / Académico de relaciones internacionales.

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